Un experimento reciente con animales ha permitido a la ciencia médica avanzar en la comprensión de cómo proteger el cerebro tras un ictus, uno de los eventos neurológicos más graves. El trabajo, publicado en la revista científica Neurotherapeutics, describe una terapia inyectable capaz de reducir el daño cerebral que aparece después de restablecer el flujo sanguíneo.
El estudio se centra en el ictus isquémico, responsable de la mayoría de los casos, que se produce cuando un coágulo interrumpe el riego al cerebro. Aunque la reapertura del vaso es esencial para salvar la vida del paciente, este proceso puede desencadenar una respuesta inflamatoria intensa que agrava la lesión inicial.
Con este escenario como punto de partida, investigadores de la Northwestern University desarrollaron un experimento que replica la práctica clínica habitual. En el modelo con ratones, los científicos bloquearon el flujo sanguíneo, lo restauraron y administraron de inmediato una única dosis intravenosa del tratamiento.
Una terapia diseñada para actuar en el momento crítico
Los resultados mostraron que el compuesto es capaz de atravesar la barrera hematoencefálica y concentrarse en el área dañada. Los animales tratados presentaron menos destrucción del tejido cerebral, una inflamación más contenida y una respuesta inmunitaria menos agresiva que los ratones no tratados.
El neurólogo Ayush Batra, uno de los responsables del trabajo, explicó el alcance del hallazgo: "Los enfoques clínicos actuales se centran casi por completo en restaurar el flujo sanguíneo. Cualquier tratamiento que ayude a la recuperación neuronal y limite la lesión tendría un impacto enorme". Sus palabras subrayan la necesidad de terapias complementarias.
Las llamadas moléculas danzantes y su potencial
La base del tratamiento son los péptidos terapéuticos supramoleculares, conocidos como moléculas danzantes por su estructura dinámica. Estas permiten interactuar con los receptores celulares y enviar señales que favorecen la reparación neuronal y la plasticidad del cerebro tras el ictus.
Samuel Stupp, experto en materiales y coautor del estudio, destacó otra ventaja clave: "La capacidad de administrarlo por vía sistémica y cruzar la barrera hematoencefálica supone un avance importante que podría aplicarse a otras lesiones cerebrales". El siguiente paso será evaluar si esta protección inicial se traduce en mejoras funcionales a largo plazo.