La vida es una orquesta de vibraciones y emociones que crean una melodía única para cada existencia en la tierra. A veces conformada por los altibajos, la tensión, los silencios, los sonidos graves, los agudos, los golpeteos y a veces los cortes bruscos o sacudidas que se asemejan a chillidos o llantos de cuerdas estridentes. Y es que los heraldos de lo inevitable llegan en ocasiones con noticias que nos congelan el Alma.
¿Te ha pasado? Te dicen que alguien que amas no está más en la tierra, que pasarás por un proceso físico difícil, que tu país está en una severa crisis y el dolor será inevitable y te tiembla el Alma.
El miedo aprisiona tu cuerpo por momentos, la negación viene flotando hacia ti como una salvación momentánea, tal vez se te activan voces ansiosas en la mente o una tristeza muy profunda te ilumina toda tu energía de un color azul brillante.
Tu mirada se cae, tu cuerpo se suelta y las lágrimas corren rápidamente como un río purificador por tu semblante. Y parece que no hay otra alternativa que transitar ese callejón oscuro, paso a paso, sintiendo el dolor. No es pesimismo, son las noches oscuras del Alma, las crisis, los reajustes e incluso la naturaleza misma. Y allí es dónde nos damos cuenta de que es inútil negarnos a sentir, a pasar por el dolor.
Nacer duele, crecer duele, sanar duele, morir duele. El dolor de la pérdida, de soltar, de transformarnos, de decir adiós, de re-escribir nuestra historia y pasar la página para elaborar un nuevo capítulo, ahora con una nueva forma de ser, estar y sentir en el mundo.
No podemos evadirnos toda la vida. Voltear hacia otro lado únicamente nos provoca guardar en la maleta del tiempo situaciones internas sin resolver, hasta que se somatiza o nos hace entrar en desesperación. Tal vez, aceptar es permitirse sentir lo que hay que sentir, en el momento presente, sin resistencia. Sí, tengo miedo. Sí, estoy triste. Sí, estoy enojado(a), sí, sí, sí.
Asentir, aceptar, mirar y sentir lo que está sucediendo en el cuerpo, en el alma, en la mente, en el corazón. Aceptar lo que ha desaparecido, aceptar que no podemos obligar al otro a cambiar, a amarse, a responder, a responsabilizarse. Aceptar que las decisiones colectivas son como son en el momento en que nos tocó vivir aquí. Aceptar que dejaremos este planeta en algún momento.
Y no quiero entristecerte, al contrario, quiero invitarte a que no le huyas al dolor, porque después de decir sí a lo que es, viene un nuevo sol, una esperanza, fe y nuevas oportunidades. Las resistencias ante un duelo son naturales, también los ¿Por qué a mí? e incluso también, la rabia con el Universo.
Pero después de soltar, de acompañarte amorosamente para comprender a todos los niveles, que nada que hagas, digas o pienses va a cambiar lo que está fuera de tu control, el único camino que te queda es decirte a ti mismo(a), amor mío, aquí estoy para ti. Vamos a salir adelante, vamos a hacer todo lo posible porque estés bien, yo no te voy a abandonar, nos conectaremos a lo más sagrado y fluiremos como el río hacia el lugar a dónde desembocaremos todos algún día; la paz y la quietud.
Acepto entonces, las cosas que no puedo cambiar, hago lo mejor que puedo con lo que tengo cada segundo de mi vida, confío en la luz y el amor Divino y me permito sentir el dolor que como un fuego violeta se lleva magistralmente el peso de lo vivido en adversidad.
La aceptación llega después de la incertidumbre, de una lucha interna, de una evasión que a veces nos cansa y en ese momento más vale querido(a) amigo(a) que te sepas acompañar de un corazón noble y empático, claro, puede ser de alguien más, alguna persona humana o de otra especie, algún apego seguro, un buen terapeuta o de tu propio abrazo, pero con fe, con entrega, con humildad, con rendición.
Y con esto no me refiero a un falso consuelo, sino que a aceptar que la vida en si misma nos da momentos de alegría, de unión, de diversión, de risas, de creación, pero también de pérdida, también de desilusión y de cambios que de momento no nos favorecen. Pero, si hay que pasar por ese pasillo obscuro, dentro de la cueva, más vale hacerlo con una respiración conciente, atentos, presentes y sintiendo. Esa es la verdadera valentía. Ya vendrá del otro lado la luz del sol y te bañará con su calor infinito.
Ya vendrá de nuevo tu sonrisa. Recuperarás el brillo de los ojos y serás más sabio(a). Y no, no se trata de buscarle algo “bueno” a los golpes o a las pérdidas, porque tal vez no tienen absolutamente nada de eso, sino que únicamente destrucción. Y a veces esas circunstancias no vienen para edificar algo mejor, en ocasiones hay pérdidas irreparables.
Pero mientras estemos aquí, podemos volver a conectar con la pulsión de vida y resignificar nuestra existencia, no con positivismo falso, sino que con una madurez y una serenidad que nos lleve a otro nivel de Conciencia, uno en dónde la permanente impermanencia es una melodía sin chillidos de cuerdas, sino que suave, sutil, armónica, sencilla y bella. Y mientras estamos aquí, seguimos uniendo, reparando, reconstruyendo juntos nuestra existencia, de la mejor manera y al abrazo amoroso de la luz suprema.
Gracias por caminar juntos.
Tu terapeuta.
Claudia Guadalupe Martínez Jasso.