Toda ciudad tiene sus símbolos: París la Torre Eiffel, Roma el Coliseo, la Ciudad de México el Ángel de la Independencia y Nueva York… un callejón. En esa ciudad, el poder no está solo en los rascacielos, en las grandes oficinas corporativas sino en los espacios olvidados donde aún es posible negociar la vida cotidiana. Y si alguien entendió cómo habitar el margen sin perder el estilo, fue Don Gato.
Sí, ese Don Gato: el de la caricatura, creado por W. Hanna y J. Barbera en los sesenta. Líder de una pandilla callejera que operaba desde un callejón en Manhattan, a dos pasos de Central Park y del firme e implacable oficial Matute. No es coincidencia que esa serie, actual desde siempre, ocurra en Nueva York. Hay una relación natural entre esa ciudad y la idea de respetabilidad urbana a pesar del desorden.
Porque Nueva York es muchas cosas, pero ante todo es una ciudad que aprendió a convivir con su caos. Ahí, el respeto no se impone: se gana a codazos, a ingenio, como lo hace Don Gato. No tiene papeles, oficina ni concesiones, pero tiene una red, una narrativa, una lógica. Su pandilla no es solo comedia: es metáfora de lo que llamamos ciudad informal.
En el callejón de Don Gato no hay jardines verticales ni cafés de especialidad. Hay latas, calle, necesidad pero también hay orden. No el de Matute, sino otro: el del pacto vecinal tácito, el del que avisa antes de molestar, del que cuida la esquina como quien cuida su casa. Hay códigos, jerarquías, reglas no escritas, pero reales.
Y eso nos lleva al corazón de la idea: la ciudad no es solo infraestructura, es una forma de convivencia que se sostiene por acuerdos visibles y otros muchos invisibles. Nueva York lo entendió antes que nadie: el respeto urbano no está en eliminar lo incómodo, sino en darle lugar sin que devore lo demás.
Caminar por Manhattan, enormemente idealizado puede verse más que avenidas, se ve la coexistencia difícil entre lo legal y lo legítimo, entre lo permitido y lo tolerado, entre el derecho a circular y el derecho a quedarse quieto en una banqueta. Don Gato vive ahí, en ese espacio. No pide permiso, pero tampoco abusa, sabe las reglas del juego, negociar, desaparecer si hace falta; es, a su modo, un maestro del urbanismo real.
Por eso la serie no envejece: porque su escenario sigue siendo verdad. A veces disfrazada de gentrificación, a veces camuflada bajo lonas azules o camiones de comida. Pero siempre viva. El callejón es el símbolo del espacio que no sale en los planos, pero que define si una ciudad funciona o no.
Por eso, Nueva York sigue deslumbrando. Logra que incluso su desorden tenga sentido, porque permite que exista Matute sin que desaparezca Don Gato, porque entiende que la verdadera gobernanza urbana no está en borrar al otro, sino en aprender a vivir con él y, a veces, gracias a él.
Si queremos ciudades respetables, hagamos lo que hace el Nueva York de Don Gato, no impongamos silencio en los callejones, escuchemoslos. Tal vez nos estén diciendo algo esencial sobre nosotros mismos.
X: @jchessal