Dios nos ha destinado a ser dichosos. Pero, también nosotros, debemos buscar la dicha.
Los hombres dicen que anhelan ser felices; pero, pocos buscan la verdadera felicidad.
La auténtica alegría, solo se encuentra al hacer la voluntad de Dios.
Pero, muchos piensan, erróneamente, que la voluntad de Dios es una carga muy pesada.
Ya que, se piensa, que los deseos humanos, chocan con la disposición de Dios.
Algunos otros, piensan también, que el sufrimiento humano, es disposición de Dios.
Pero, el sufrimiento humano, nunca estuvo en los planes de Dios.
El sufrimiento, es causado por el mismo hombre; sobre todo, cuando este deja de luchar por ser dichoso; y todo, por no seguir la voluntad de Dios.
Es tan grande el amor de Dios, que su voluntad no es egoísta; ya que, él quiere todo el bien para el hombre.
Y, mientras no aceptemos la voluntad de Dios, será difícil vivir en paz.
Por tanto, hay que decir con el salmo 39: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.
Venimos a este mundo para hacer la voluntad de Dios; y, su voluntad, es que nosotros seamos felices.
Y, no podremos ser dichosos, mientras no nos dispongamos a cumplir la voluntad del Señor; que es precisamente, el que vivamos felices.
Dios no quiere sacrificios, ni ofrendas, Él nos quiere a nosotros, porque si somos de Dios, seremos dichosos.
Pero, Dios respeta la libertad del hombre. Ya que somos libres, hasta para ser felices.
Y, no hay verdadera dicha, donde no hay plena libertad.
Hasta que libremente digamos: “Aquí estoy”, en ese momento, nos sentiremos liberados, y, ya sabremos por dónde caminar, para alcanzar la dicha.
Pbro. Lic. Salvador Glez. Vásquez.
EVANGELIO
Del santo Evangelio según san Juan 1, 29-34
En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: ‘Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo’. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel”.
Y Juan dio testimonio diciendo: “He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre Él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre Él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo’. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios”.