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Medios y democracia I: Cristiada, Aguascalientes, y toxicidad de historia y medios

Behavioral Economics

Es famoso el aforismo de Winston Churchill de que la democracia es el peor de los sistemas, excepto por todos los demás. Menos conocido es que en la Antigua Grecia la democracia era despreciada por la mayoría de los intelectuales. Esta columna no es de Gobierno sino de Behavioral Economics, así que éste no es un lugar apropiado para hablar sobre ventajas y desventajas de la democracia. Sin embargo, hace un cuarto de siglo la escritora mexicana de origen sirio Ikram Antaki alertó sobre una paradoja: un deterioro de las democracias asociado a una democratización de la información asociada, a su vez, al progreso tecnológico. Debilidades cognitivas conocidas al menos desde la Antigua Grecia podrían ayudar a resolver esta paradoja, y esto sí es materia de Behavioral Economics. Este es un asunto con muchas caras, y por esto le voy a dedicar más de una columna. En este primer artículo argumentaré que, para bien y para mal, hoy los medios masivos de comunicación son usados por los políticos como usaban la historia hace 100 años. 
En palabras de 1931 del intelectual francés Paul Valéry, la historia es riesgosa: hace soñar a los pueblos con facilidad y lleva a delirios de grandeza, dificulta la cicatrización de heridas emocionales y amarga, y puede justificar lo que sea. Por esto, continuaba Valéry, el trabajo de los historiadores interesa tanto a los políticos. Hoy, alertó la fundación Nobel el pasado mes de diciembre al otorgar el Premio Nobel de la Paz 2025 a la activista venezolana María Corina Machado, propaganda es un arma esencial de los líderes autoritarios, y al difundir información, corremos el riesgo de ser propagandistas inconscientes de algún dictador, especialmente si no somos críticos con las fuentes. Sus estrategias han alcanzado tal nivel de sofisticación, que ni medios como el Washington Post o el New York Times parecen ser inmunes. Pero primero una anécdota personal sobe mi descubrimiento de la joya de sabiduría anterior de Valéry.
Hace como 100 años, al mismo tiempo que Valéry estaba inquietando a los historiadores franceses con los peligros de una historia mal hecha, en México estábamos pasando por un importante, y en mi opinión lamentablemente casi desconocido, evento histórico: la Cristiada, un conflicto civil entre el Estado y la Iglesia. Aguascalientes, mi terruño, fue un escenario importante, y por esta razón recientemente el historiador mexicano de origen francés Jean Meyer fue invitado por la diócesis local a dictar una conferencia. No tuve oportunidad de estar presente, pero se difundió por YouTube (www.youtube.com/watch?v=QNqWRsZnCkQ&t=8s), y personalmente lo aplaudí cuádruplemente: he admirado profesional y personalmente a Meyer por varios años; el tema me interesa (al menos mi abuelita materna sufrió la Cristiada); aunque fuera de Aguascalientes por más de 3 décadas, no dejo de ser hidrocálido; y, no menos importante, la sede de la conferencia fue mi escuela primaria y secundaria, el Colegio Portugal.
Meyer es un digno alumno de la gran escuela francesa de historia de los Annales, con sólidas bases psicológicas, y por mi interés en Behavioral Economics, de inmediato me cautivó la cita de Valéry adelantada arriba y citada por Meyer: “la historia es el producto más peligroso que la química del cerebro ha elaborado. Hace soñar, embriaga a los pueblos, engendra recuerdos falsos, exagera reflejos, mantiene intactas llagas, atormenta en el reposo, lleva a delirios de grandeza y persecución, y vuelve a las naciones amargas e insoportables. La historia justifica lo que sea. No enseña nada porque da ejemplos de todo”. Y esto nos lleva de regreso al Nobel de la Paz 2025 y a los peligros para la democracia de la democratización de la información.
En el artículo anterior, sobre el Nobel de la Paz de Venezuela, hicimos eco de la alerta de la fundación Nobel sobre la maestría que suelen tener los dictadores en materia de desinformación y propaganda, y sobre la facilitad con que podemos terminar siendo propagandistas inconscientes de algún líder autoritario. Para Valéry y para la fundación Nobel es claro: para que haya comunicación se necesita alguien que hable y alguien que escuche, y la historia y la propaganda son socialmente riesgosas por debilidades cognitivas del pueblo, que suelen ser explotadas maliciosamente por los políticos. En parte por este tipo de consideraciones, hace 25 años Ikram Antaki dedicó un capítulo de su El Manual del Ciudadano Contemporáneo de 2000 a los medios y la política. En particular, alertó sobre un deterioro en nuestros tiempos de las democracias asociado, en parte, a la democratización de la información.    
Nuestra dotación semanal de 800 palabras se ha acabado, y tendremos que esperar al próximo artículo de esta serie sobre medios y democracia para ilustrar que las estrategias de propaganda han alcanzado nivel de sofisticación tal que parece que ni los medios mismos, incluyendo grandes como el Washington Post o el New York Times, son inmunes a sus peligros. 
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