En la literatura y las películas se suele empatizar con sus protagonistas; pueden ser héroes o villanos: bondadosos y amables, o caprichosos y malvados. Pero para conectar, debe ser carismático.
Veamos si esto aplica a Marty Supremo.
Años 50, Manhattan. Marty (Timothée Chalamet) es un joven de dientes chuecos y bigotito, que trabaja en una zapatería. Llega una señora y Marty se escabulle para tener un encuentro con ella. Queda claro que el joven tiene más de una fachada y talento. Pero su verdadera vocación es el ping pong.
La cinta de Josh Safdie se inclina, una vez más, hacia su ciudad de origen y su intrínseco mundo: el círculo judío de Nueva York.
Hay características de otros de sus filmes: un acercamiento irreverente a la sociedad hebrea neoyorquina, con todas sus idiosincrasias. Ahí, la bien intencionada pero metiche madre judía (Fran Drescher). Ahí, los escalafones profesionales y sociales, de un equilibrio intocable. Ahí, el descaro que se necesita para salir adelante.
Es ese descaro, ese "chutzpah", que encarna perfecto Timothée Chalamet: intenso, abusivo, encantador, inteligente y necio hasta la pared de enfrente. Una ambición nubla su mente y toma decisiones arriesgadas que a veces le salen y otras le explotan.
Retratar a un personaje tan multidimensional, con tantas contradicciones, no es fácil, pero la actuación de Chalamet es sobresaliente. Interesante, porque a ratos nos conquista y a ratos, resulta repelente. Qué bien está escrito ese papel y qué bien lo interpreta Chalamet.
Sin embargo, no se reduce sólo a él: todos son personajes complejos y algo odiosos. No hay mucha redención. Safdie escarba en esa característica bicolor del humano, simpático y nefasto.
Advierto: la cinta puede ser confusa y extenuante, al contener varias subtramas -un ir y venir de conflictos, viajes, rencillas profesionales y familiares. Pero todos los caminos llevan a Marty Supremo, de carisma irregular, pero que no podemos dejar de mirar.