El debate que avanza mientras miramos a otro lado
Mientras la atención pública se dispersa entre conflictos internacionales, tensiones diplomáticas y crisis globales, México se aproxima —casi en silencio— a una de las discusiones más relevantes de su vida institucional reciente: la reforma electoral. No es un tema técnico ni un ajuste menor. Es una decisión que puede redefinir la manera en que se ejerce el poder, se representa la pluralidad y se construye gobernabilidad.
2026 aparece como un año bisagra. No porque inaugure una elección, sino porque puede cerrar o abrir un ciclo democrático.
Reformar no es nuevo, pero sí decisivo
México ha reformado su sistema electoral en distintas etapas de su historia. Gracias a esos cambios surgieron instituciones autónomas, se amplió la competencia y se consolidó la pluralidad política. El debate actual, sin embargo, llega con una narrativa distinta: reducir costos, ganar eficiencia y rediseñar la representación.
En el centro de la conversación están el gasto electoral, los ajustes a la representación proporcional —incluida la eliminación de listas plurinominales— y las reglas de financiamiento y fiscalización. El fondo del asunto no es presupuestal; es político: cómo se integra el poder y a quién deja entrar el sistema.
Cuando cambiar reglas cambia el poder
Las reglas electorales no son neutrales. Cambiarlas modifica incentivos, mayorías, coaliciones y la forma de gobernar. Por eso, para entender el alcance real de la reforma, conviene llevarla a un terreno cotidiano.
Imaginemos la elección del comité vecinal de una colonia. Hay un grupo mayoritario, numeroso y bien organizado, y otros grupos más pequeños que representan intereses específicos: seguridad, áreas verdes, cuotas justas. Con un modelo que permite representación proporcional, el grupo mayoritario gana la presidencia del comité, pero los grupos pequeños obtienen espacios en el consejo. No gobiernan solos, pero tienen voz. Se discute, se negocia y se equilibran intereses distintos.
La elección de vecinos como espejo del sistema electoral
Ahora pensemos en un modelo con menor proporcionalidad. El grupo mayoritario gana todo el comité. Decide reglas, cuotas y prioridades sin contrapesos. El funcionamiento puede ser más rápido, pero las minorías dejan de estar representadas y sus causas dependen de la voluntad del ganador.
La pregunta no es cuál modelo es “mejor”, sino qué tipo de convivencia queremos. Eso mismo ocurre a escala nacional: eficiencia frente a pluralidad, rapidez frente a representación.
Lo que enseña América Latina
La experiencia latinoamericana confirma que no existen reformas electorales inocuas. Cuando los países avanzan hacia sistemas más proporcionales, amplían la representación y la diversidad política, pero también enfrentan mayor fragmentación legislativa y la necesidad de construir coaliciones estables.
Chile es un ejemplo claro: al abandonar su sistema binominal y adoptar uno más proporcional, amplió la representación, pero también complejizó la formación de mayorías. En sentido inverso, cuando los sistemas reducen la proporcionalidad, tienden a concentrar el poder en bloques grandes, elevar barreras de entrada y presionar a los partidos pequeños a desaparecer, fusionarse o convertirse en fuerzas satélite. Las reglas, al final, deciden quién entra a la mesa y quién se queda fuera.
El dato jurídico: cómo se cambia la Constitución
Desde el punto de vista jurídico, el procedimiento importa tanto como el contenido. Una reforma constitucional en México exige mayorías calificadas en ambas cámaras del Congreso y la aprobación de la mayoría de las legislaturas estatales. No es un trámite exprés ni una decisión unilateral.
Por su naturaleza, una reforma electoral debería construirse con debate público amplio y consensos duraderos. Cambiar las reglas del juego democrático sin una conversación social a la altura suele pagarse con desconfianza.
La distracción global y el riesgo interno
Resulta llamativo que este debate avance mientras la agenda internacional absorbe reflectores. Guerras, migración y liderazgos disruptivos concentran la atención pública, pero la experiencia comparada muestra que las democracias no se debilitan de golpe; se erosionan cuando se modifican reglas sin discusión suficiente.
Mientras el mundo observa incendios externos, aquí se decide el diseño interno de nuestra democracia.
El futuro de los partidos y los nuevos movimientos
El impacto de la reforma alcanzará de lleno a los partidos pequeños y a los nuevos movimientos políticos. Con menos proporcionalidad, algunos optarán por fusionarse con fuerzas mayores; otros negociarán como aliados permanentes; y algunos buscarán transformarse en movimientos con causa, menos burocracia y mayor presencia territorial.
El riesgo es perder pluralidad. La oportunidad es reducir fragmentación improductiva. El equilibrio dependerá del diseño final de la reforma.
Conclusión: las reglas organizan el futuro
La reforma electoral pendiente no es un debate técnico ni ideológico; es una discusión sobre cómo convivimos políticamente. Como en la elección de vecinos, las reglas pueden hacer la vida pública más rápida o más justa, más concentrada o más plural.
2026 puede definir si fortalecemos la confianza democrática o abrimos una etapa de disputa permanente. Porque, al final, las reglas electorales no solo organizan elecciones: organizan el país que seremos.
Para observar en la semana: el agua como prioridad metropolitana
Mientras se discuten grandes reformas nacionales, San Luis Potosí enfrenta un reto inmediato que no admite distracciones: mejorar las condiciones de abasto de agua en la zona metropolitana y municipios aledaños.
El esfuerzo institucional requiere corresponsabilidad social. Cuidar el consumo, reportar fugas, regularizar servicios cuando sea posible, adoptar prácticas de captación y reúso, y vigilar que las obras se ejecuten con calidad son acciones que pueden convertir a la ciudadanía en aliada de los ayuntamientos y del Gobierno del Estado. La infraestructura la hace el gobierno; la sostenibilidad también depende de hábitos colectivos