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HOMILÍA: Dios, nos reconoce como sus hijos

El día en que nos bautizaron, fue cuando comenzamos a vivir.
 
Porque ese día, nos dieron el don de creer, de amar y esperar; y ahí, fue cuando comenzó la vida.
 
Existir, no es vida cuando falta la esperanza, el amor y la fe.
 
Una vida sin fe, es una existencia sin rumbo; y, para vivir a plenitud, necesitamos confiar en alguien.
 
El día que nos bautizaron, Dios infundió en nosotros, el don del amor, de la fe, y de la esperanza.
 
Más aún, el día de nuestro Bautizo, fue cuando el Señor nos reconoció como sus hijos.
 
Aunque tengamos un padre, si este, no nos reconoce como tal, seguiremos huérfanos.
 
El día de nuestro Bautizo, Dios nos dijo: que somos sus hijos, que nos ama, y le complace que existamos.
 
Porque, es imposible vivir, cuando no contamos con un padre; un ser que nos lleve de la mano, y nos proteja.
 
Tal vez, no tengamos un padre en la tierra, pero siempre tendremos un Padre en los cielos, que no se aparta de nosotros.
 
Hoy, que celebramos el Bautismo del Señor, es la ocasión para pensar en nuestro propio Bautismo.
 
Si el Señor,  se hizo como nosotros, también quiso ser bautizado como cualquier mortal.
 
Así dice el Evangelio: “Al salir Jesús del agua, una vez bautizado, se le abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios, que descendía sobre de él en forma de paloma, y se oyó una voz que decía desde el cielo: Éste es mi hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias”. (Mt.3).
 
Cuando alguien nos dice que nos ama, nos hace renacer, y nos devuelve las ganas de vivir.
 
Ese, es el milagro del Bautismo: saber que somos hijos; pero, ante todo, sentirnos amados por un ser Divino, que nos mueva a luchar por existir.
 
Hay que recordar, que cuando nos bautizaron, nos encontramos a un Padre, que nos hacer sentir alguien, y que nunca dejará de amarnos.
Pbro. Lic. Salvador Glez. Vásquez.
 
 
EVANGELIO
Del santo Evangelio según san Mateo 3, 13-17
 
En aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: “Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?”. Jesús le contestó: “Déjalo ahora.
 
Conviene que así cumplamos toda justicia”. Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre Él. Y vino una voz de los cielos que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”.
 
Palabra del Señor.
 
 
 
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