Clave 360°
Irán atraviesa uno de los momentos más decisivos de su historia contemporánea. Las protestas sociales que hoy recorren el país no son un estallido aislado ni una simple reacción económica: constituyen un cuestionamiento frontal al régimen teocrático de los mulás y, al mismo tiempo, una reivindicación profunda de la identidad histórica, cultural y civilizatoria del pueblo iraní. Estamos ante algo más grande que una crisis política: un choque entre un sistema anacrónico y una sociedad que busca recuperar su dignidad, su memoria y su futuro.
Desde hace décadas, la República Islámica se ha sostenido mediante una combinación de represión, control ideológico y un discurso religioso radicalizado que poco tiene que ver con la compleja historia de Irán. La escasez económica, la inflación crónica, el aislamiento internacional y la corrupción estructural han erosionado la legitimidad del régimen. Sin embargo, lo que hoy se manifiesta en las calles va más allá del hambre o la falta de oportunidades: es el rechazo abierto a una teocracia que ha secuestrado al Estado y ha impuesto una visión del islam extremista ajena a la esencia plural de la nación iraní.
Persia antes que Teocracia
Irán no nació con los mulás ni con la Revolución Islámica de 1979. Su verdadera raíz es persa. Durante milenios, Persia fue cuna de imperios, pensamiento político, arte, ciencia y administración avanzada. Antes de la expansión islámica, el Zoroastrismo fue el eje espiritual de la región: una cosmovisión ética basada en la verdad (asha), la responsabilidad individual y la elección consciente entre el bien y el mal. No es una religión de imposición ni de miedo, sino de conciencia moral y orden cósmico.
Esta visión influyó profundamente en conceptos que hoy consideramos universales: la dignidad humana, la justicia, la tolerancia religiosa y la idea de un Estado regido por leyes. Incluso después de la islamización, la identidad persa —su lengua, su literatura y su memoria histórica— nunca fue erradicada. El régimen actual, al imponer una interpretación política y coercitiva del islam chií, ha intentado borrar esa herencia; las protestas demuestran que no lo ha logrado.
Las mujeres como vanguardia del cambio
En este despertar nacional, las mujeres ocupan un lugar central. No como víctimas pasivas, sino como protagonistas del cambio. Desde las protestas iniciadas tras la muerte de MahsaAmini, las mujeres iraníes han desafiado abiertamente al régimen, cuestionando leyes que controlan su vestimenta, su cuerpo y su vida cotidiana. Hoy, su presencia en las calles simboliza algo más profundo: la lucha por la libertad individual frente a un sistema que se sostiene sobre la negación de derechos básicos.
El liderazgo femenino ha dotado al movimiento de una fuerza ética que trasciende fronteras. Cuando una sociedad permite que sus mujeres encabecen la resistencia, demuestra que el miedo comienza a romperse. En Irán, ese quiebre psicológico es quizá el mayor peligro para la élite clerical.
Reza Pahlavi y la alternativa secular
En paralelo a la movilización interna, ha cobrado relevancia la figura de Reza Pahlavi, hijo del último Sha de Irán. Desde el exilio, ha articulado un discurso que conecta con amplios sectores de la diáspora iraní y con jóvenes dentro del país: un Irán secular, democrático, respetuoso de los derechos humanos y reconciliado con su identidad histórica persa.
A diferencia de la propaganda del régimen, su propuesta no plantea una restauración autoritaria del pasado, sino una transición moderna basada en el Estado de derecho, elecciones libres y pluralismo político. Para muchos iraníes, su voz funciona como símbolo de una alternativa posible: Ni teocracia ni dictadura, sino una república civil inspirada en la herencia cultural de Persia y abierta al mundo.
Un dirigente en retirada
El régimen se presenta como inamovible, pero la historia demuestra que los sistemas autoritarios colapsan cuando pierden legitimidad social. El actual líder supremo, el ayatollah Ali Khamenei, gobierna un país profundamente distinto al que heredó. En círculos diplomáticos se especula que, ante un colapso interno, podría buscar refugio en Rusia, un patrón conocido en regímenes que llegan a su fase terminal.
Más allá de si este escenario se concreta, el solo hecho de que se contemple revela la fragilidad del sistema: un poder que necesita planear la huida de su máximo líder ya no gobierna desde la fortaleza, sino desde el temor.
El efecto dominó autoritario
La eventual caída del régimen iraní tendría un impacto geopolítico profundo. Irán es un pilar simbólico del bloque autoritario global; su colapso enviaría una señal clara a otros sistemas cerrados, desde China hasta Cuba, de que incluso los aparatos represivos más férreos pueden ser desafiados desde dentro.
En este contexto, los acontecimientos recientes en Venezuela adquieren una dimensión adicional: el desgaste de modelos autoritarios incapaces de ofrecer prosperidad, legitimidad o futuro. No se trata de copias ideológicas, sino de un mismo síntoma global.
Un punto de inflexión civilizatorio
Lo que ocurre hoy en Irán no es solo una lucha política; es una batalla por el sentido de la civilización. De un lado, una teocracia que gobierna desde el miedo; del otro, una sociedad que recupera la memoria de Persia y la ética del zoroastrismo: verdad, responsabilidad y libertad de elección. Si Irán logra romper este ciclo de autoritarismo religioso, no solo redefinirá su destino, sino que marcará un hito histórico para el siglo XXI.
Persia vuelve a despertar. Y cuando una civilización milenaria recuerda quién es, ningún dogma impuesto puede contenerla por mucho tiempo.