Cuando la historia deja de ser teoría
Hay momentos en los que la política internacional deja de ser un ejercicio diplomático y se convierte en una de las potencias— no es una suma de hechos aislados: es un punto de quiebre para los sistemas políticos contemporáneos.
Para México, este contexto activa preguntas fundamentales: ¿hasta dónde llega la no intervención?, ¿cuándo la neutralidad se vuelve insuficiente?, ¿y cómo se actúa cuando la legalidad internacional convive con denuncias graves de violaciones a los derechos humanos?
México y la neutralidad como identidad histórica
Desde su consolidación como Estado moderno, México ha construido una política exterior reconocible: prudente, jurídica y anclada en principios. No por comodidad, sino por experiencia histórica. Intervenciones extranjeras, conflictos internos y presiones externas moldearon una diplomacia que privilegió el derecho sobre la fuerza.
Esa identidad no implica indiferencia. Implica método. México ha preferido hablar con el lenguaje del derecho internacional antes que con el del poder militar, incluso cuando el mundo avanza en sentido contrario. prueba histórica. El escenario actual —Venezuela, los conflictos armados en Medio Oriente y el reacomodo
La Doctrina Estrada: no juzgar gobiernos, proteger principios
La Doctrina Estrada, formulada en 1930, sigue siendo el eje conceptual de la política exterior mexicana. Su premisa es clara: no calificar gobiernos extranjeros, respetar la autodeterminación de los pueblos y sostener la no intervención como regla.
Durante décadas, este enfoque permitió a México mantener relaciones diplomáticas estables, ofrecer asilo político y conservar autoridad moral en la región. Fue una forma de contener los excesos del poder internacional con reglas, cuando las reglas parecían suficientes.
Tratados internacionales: el marco que obliga
México no actúa al margen del sistema internacional. Es Estado parte de la Carta de las Naciones Unidas, del Sistema Interamericano de Derechos Humanos y de múltiples tratados que establecen obligaciones precisas: solución pacífica de controversias, protección de derechos humanos y cooperación multilateral.
Estos instrumentos no avalan la pasividad frente a crímenes graves. Lo que establecen es cómo actuar: mediante organismos internacionales, mecanismos colectivos, sanciones multilaterales y procesos judiciales internacionales. La fuerza unilateral, en este esquema, es la excepción extrema.
Conflictos armados y la posición mexicana
En conflictos como los de Medio Oriente, México ha insistido en el alto al fuego, la protección de civiles y la ayuda humanitaria. No es neutralidad moral; es neutralidad jurídica. La apuesta es que el derecho humanitario sea el punto de encuentro, aun cuando los actores armados lo incumplan.
Esta postura ha preservado la coherencia diplomática mexicana, pero también la expone a críticas cuando la tragedia humanitaria rebasa los cauces institucionales.
México, el asilo y las excepciones que explican su diplomacia
A lo largo de su historia, México ha sabido mantenerse al margen de conflictos internacionales cuando así lo exigía su doctrina, pero también ha hecho excepciones cuando la dimensión humanitaria lo reclamó.
El contraste es ilustrativo. En Bolivia, el entonces presidente Evo Morales fue trasladado en aeronaves nacionales y asilado en México en un contexto político altamente polarizado, decisión que abrió un debate sobre los límites entre asilo, legitimidad democrática y no intervención.
Muy distinto fue el antecedente del golpe de Estado en Chile, donde México, con un claro sentido humanista, protegió en su embajada a la familia del presidente Salvador Allende y a cientos de chilenos perseguidos, quienes posteriormente encontraron refugio y una nueva vida en nuestro país.
A ello se suma el episodio fundacional del asilo durante la Guerra Civil Española, cuando miles de familias hallaron en México paz, educación y futuro. Estos momentos revelan que la política exterior mexicana no es rígida: se rige por principios, pero se activa por humanidad.
¿México y la OTAN? La precisión necesaria
México no es miembro de la OTAN ni participa en alianzas militares. Su relación se limita al diálogo diplomático y la cooperación política en foros multilaterales. Esta distancia no es casual: responde a una tradición constitucional pacifista y a la decisión de no militarizar su política exterior.
Venezuela, Estados Unidos y el dilema contemporáneo
El caso venezolano tensiona todos estos principios. Las denuncias por violaciones sistemáticas a derechos humanos y posibles crímenes de lesa humanidad colocan a la comunidad internacional ante una disyuntiva real.
Aquí aparece el actuar de Estados Unidos, bajo el liderazgo de Donald Trump, como un acto intervencionista fuera del molde tradicional, pero que para muchos resulta políticamente comprensible ante la gravedad de los señalamientos. No es una defensa jurídica del unilateralismo, sino el reconocimiento de una lógica política: cuando las instituciones multilaterales no responden con rapidez, las potencias actúan.
La analogía del incendio
Imaginemos un edificio en llamas. Dentro hay personas atrapadas. La ley prohíbe dañar propiedad ajena. Romper una ventana es ilegal. Pero dejar morir a alguien por no hacerlo es éticamente inaceptable.
El derecho existe para proteger la vida, no para justificar su pérdida. En situaciones extremas, la comunidad internacional enfrenta el mismo dilema: respetar la forma o salvar el fondo. La verdadera pregunta no es si se rompe el vidrio, sino quién lo rompe, con qué reglas y con qué responsabilidad después.
Un momento histórico para América Latina y el mundo
Lo que hoy ocurre no es coyuntural. Marca un momento histórico para los sistemas políticos de América Latina y del orden internacional. El principio de no intervención convive, cada vez con más tensión, con la exigencia global de proteger derechos humanos.
Al mismo tiempo, Estados Unidos vuelve a asumir —como en la década de los noventa— un liderazgo central en la agenda mundial, ya no solo como potencia económica, sino como actor político decisivo. Donald Trump, con su estilo disruptivo, reactiva una lógica conocida: cuando Washington actúa, el tablero global se reacomoda.
Principios firmes en un mundo que arde
México ha elegido históricamente defender el derecho para proteger la vida, no sustituirlo por la fuerza. Esa postura le ha dado consistencia y autoridad moral. Pero el mundo actual obliga a reconocer que hay tragedias que desbordan los marcos tradicionales.
Sostener principios no significa cerrar los ojos. Significa actuar con legalidad, humanidad y responsabilidad colectiva. Porque cuando el incendio avanza, no basta con citar la ley: hay que organizar el rescate.
Por el bien de la gente —que es lo que importa—, ojalá se restablezcan las instituciones, la legalidad y la armonía en Venezuela. Que la protección de la vida y los derechos encuentre cauce en reglas compartidas.
Porque, al final, la diplomacia existe para servir a las personas, no para abandonarlas.
Hasta Pronto