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Cayó Maduro pero, ¿Venezuela es libre?

Migrantes venezolanos aún ven lejos la posibilidad de regresar a su país

San Luis Potosí, SLP.- La detención de Nicolás Maduro tras la incursión militar de Estados Unidos en las inmediaciones de Caracas fue recibida con alivio y esperanza por miles de venezolanos dentro y fuera de su país. Para una población golpeada por años de crisis económica, persecución política y deterioro institucional, la salida del líder señalado como dictador parece marcar el fin de una etapa oscura. Sin embargo, el fin de un régimen no necesariamente implica el inicio de la libertad.
 
En San Luis Potosí, migrantes venezolanos celebraron la noticia con cautela. Para ellos, la captura de Maduro abre una posibilidad histórica de cambio, pero no una garantía inmediata de estabilidad. La incertidumbre persiste y, por ahora, el regreso a su país no es opción. El temor a nuevos episodios de violencia, la fragilidad del escenario político y la ausencia de certezas los obliga a esperar.
 
El sentir de esta comunidad refleja una verdad incómoda, aunque Maduro ya no esté, Venezuela sigue sin ser dueña de su destino. La intervención estadounidense, ejecutada de manera unilateral y sin respaldo de organismos internacionales, plantea serias dudas sobre las verdaderas motivaciones detrás del operativo. La historia reciente demuestra que cada vez que Estados Unidos irrumpe militarmente en una nación bajo el discurso de “restaurar la democracia”, el saldo rara vez favorece a la población civil.
 
Especialistas advierten que este episodio no debe leerse como una acción altruista. Lejos de encarnar el papel de salvador, Washington parece responder a una lógica de control geopolítico y económico. La administración del país, el manejo de sus instituciones y, sobre todo, el acceso a recursos estratégicos como el petróleo venezolano, quedarían bajo influencia directa estadounidense, profundizando una nueva forma de subordinación.
 
Respaldar este tipo de intervenciones, alertan analistas, sienta un precedente peligroso para América Latina. Aceptarlas equivale a normalizar incursiones militares extranjeras bajo argumentos de seguridad o democracia, incluso en países que, como México, han sido señalados en discursos oficiales estadounidenses como posibles objetivos por supuestos vínculos con el narcotráfico.
 
Desde esta perspectiva, la postura del Gobierno de México de apegarse a los principios de soberanía y no intervención cobra relevancia. El silencio o la ambigüedad de organismos como la ONU frente a estos hechos exhiben un debilitamiento del sistema multilateral y abre la puerta a una política internacional dominada por la fuerza y los intereses económicos.
 
La caída de Maduro, aunque celebrada por quienes padecieron su gobierno, no convierte automáticamente a Venezuela en un país libre. Cambiar a un autoritarismo interno por una tutela extranjera no es sinónimo de democracia. Estados Unidos no es el superhéroe de esta historia; su historial de intervenciones fallidas —Panamá, Irak, Libia— demuestra que la imposición externa suele dejar más caos que soluciones.
 
La verdadera reconstrucción de Venezuela solo podrá surgir desde su propio pueblo, sin dictaduras, pero tampoco sin imperios. Mientras tanto, la alegría de hoy convive con una pregunta incómoda, ¿se liberó a Venezuela o simplemente cambió de dueño?
 
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