La pregunta suena a fantasía sanitaria: eliminar de una vez la gripe, el covid y, ya puestos, el resto de virus respiratorios que regresan cada invierno. Cero fiebre, cero tos, cero urgencias saturadas en enero. Pero en biología casi nada es gratis. Y cuando se plantea una erradicación total, el “después” importa tanto como el “antes”.
Quien ha puesto orden en este debate, con un argumento claro y escalonado, es Rafael Toledo, inmunólogo y catedrático de la Universidad de Valencia, en un hilo en redes sociales. Su punto de partida es directo: hay que separar los beneficios inmediatos de las posibles consecuencias a medio y largo plazo, y para entenderlas conviene mirar el asunto desde tres niveles distintos.
Toledo arranca por lo obvio. En el corto plazo, erradicar virus respiratorios estacionales (menciona influenza, rinovirus, coronavirus comunes o RSV) tendría un efecto positivo inmediato. Menos infecciones, menos complicaciones, menos ingresos. En su hilo recuerda que la gripe por sí sola causa cientos de millones de casos cada año y un número muy elevado de muertes respiratorias a escala global, según cifras atribuidas a la OMS.
Traducido a la vida real: menos neumonías, menos exacerbaciones asmáticas, menos saturación en hospitales durante los picos invernales. Y, por extensión, menos bajas laborales y escolares. En un sistema sanitario que trabaja muchas veces al límite, ese alivio sería enorme.
Hasta aquí, el argumento es fácil de comprar. Y precisamente por eso, Toledo advierte: quedarse en esta conclusión es “simplista” si no se consideran los efectos a medio y largo plazo.
Primer nivel: ¿es posible erradicar gripe y covid?
Antes de soñar con el escenario perfecto, Toledo plantea una primera pregunta incómoda: ¿es viable hablar de erradicación de estos virus?
Su respuesta es un no, y lo justifica con tres razones que funcionan como trípode:
1. Son virus de ARN, y por tanto tienden a ser “inestables” y a mutar con rapidez.
2. Tienen reservorios animales, incluidos silvestres, difíciles de controlar.
3. Se transmiten por vía aérea con mucha eficiencia.
A partir de ahí, sitúa el debate en perspectiva histórica: hasta ahora, recuerda, la humanidad solo ha erradicado la viruela, un virus de ADN más estable y sin reservorio animal. Su idea de fondo es que gripe y covid no se parecen a la viruela en lo que de verdad importa para una erradicación global: estabilidad genética y control completo del ciclo.
Esto no significa que no se pueda reducir drásticamente su impacto. Significa que “erradicar” es una palabra muy grande, y que en estos patógenos la biología juega en contra.
Segundo nivel: ¿qué pasa con el sistema inmunitario si desaparecen?
El siguiente tramo del hilo es el más delicado, porque toca un tema que suele prestarse a simplificaciones: la relación entre exposición a virus y “entrenamiento” inmunitario.
Toledo matiza. No sostiene que el sistema inmune se “atrofie” por completo si desaparecen los virus respiratorios estacionales. Seguimos expuestos a miles de patógenos y estímulos: bacterias, hongos, otros virus que no son respiratorios. Pero sí plantea que podría haber menos entrenamiento específico frente a virus respiratorios o frente a familias virales similares.
Aquí introduce una preocupación clave: precisamente porque existen reservorios animales, estos virus pueden volver. Y si regresan con mutaciones relevantes, una población que ha pasado años sin contacto con ellos podría responder peor. La exposición repetida, especialmente en la infancia, mantiene activo ese aprendizaje inmunológico; si se corta, las respuestas podrían ser más débiles frente a patógenos respiratorios nuevos o reintroducidos.
Y añade un concepto epidemiológico que conviene subrayar: el efecto cohorte. Si una generación crece sin contacto con ciertos virus, cuando reaparezcan (porque, en su planteamiento, “siempre reaparecen”), los brotes podrían ser más intensos o afectar a edades poco habituales. En vez de circular en un patrón conocido, el virus se encontraría con un “campo” de susceptibles distinto.
En el hilo deja caer, además, que habría que pensar también en efectos sobre alergias u otros fenómenos inmunológicos, aunque no los desarrolla en detalle.
Tercer nivel: el nicho ecológico que queda libre
La tercera capa es la menos intuitiva para el público general y, a la vez, la más interesante desde el punto de vista de salud pública: la ecología microbiana.
Toledo propone pensar en los virus (y en los patógenos en general) como ocupantes de un nicho. No “seres vivos” en sentido estricto, pero sí entidades biológicas que compiten por recursos: hospedadores, vías respiratorias, oportunidades de transmisión. Si eliminas por completo a los actores dominantes de ese nicho, dejas un vacío.
Y un vacío —en biología— rara vez dura.
Ese hueco podría convertirse en una oportunidad para que otros patógenos se expandan. Incluso, advierte, podrían ser patógenos más graves o inesperados, y lo harían en un entorno en el que el sistema inmunitario tendría menos “entrenamiento” respiratorio acumulado. La combinación, en su planteamiento, constituye un trade-off real: un beneficio inmediato frente a un riesgo potencial en el medio y largo plazo.
Para hacerlo comprensible, usa una analogía cotidiana: tras un antibiótico no es raro que aparezcan candidiasis, porque al eliminar parte de la flora bacteriana normal se facilita que un hongo como Candida aproveche el nicho libre y prolifere. No es el mismo escenario —una cosa es microbiota y otra virus respiratorios—, pero la lógica que quiere transmitir es la misma: cuando quitas un competidor o un ocupante habitual, otros pueden ocupar el espacio.
Entonces, ¿qué pasaría “en la práctica”?
En su cierre, Toledo resume el balance como lo haría un inmunólogo que no quiere vender milagros: a corto plazo, el beneficio sería importante (vidas salvadas y mejor calidad de vida). A medio y largo plazo, existiría un riesgo: que otros virus o patógenos ocupen el nicho y que, además, lo hagan ante una población menos “preparada” para responder.
De ahí extrae una conclusión más filosófica que técnica, pero con implicaciones políticas: la salud no es la ausencia total de patógenos, sino un equilibrio. En vez de erradicar indiscriminadamente, sugiere una estrategia de reducción del daño: proteger a los vulnerables, vacunar, mejorar la ventilación y aprender a convivir con los microbios de forma controlada.
La idea no es resignarse a la gripe o al covid como si fueran inevitables en su forma más dura. La idea es reconocer que “borrarlos del mapa” puede ser, además de poco realista, una intervención con efectos secundarios imprevisibles.
Y, por eso, quizá el debate relevante no sea si podremos erradicar la gripe y el covid, sino qué combinación de herramientas —vacunación, prevención ambiental, protección de riesgos— permite que dejen de gobernar el invierno sin abrir la puerta a un problema distinto.