En México vivimos días de crispación política y social que parecen inexplicables. Hay protestas, enojos, desencuentros y una sensación general de que nadie se entiende con nadie. Se habla de traiciones, de falta de experiencia, de soberbia o de autoritarismo. Pero si rascamos un poco la superficie, encontraremos un problema mucho más básico y cotidiano que todos padecemos: la comunicación entre generaciones simplemente ya no existe.
Se podrá hacer mucho trabajo, se podrán aprobar reformas, construir obras o prometer el oro y el moro, pero si no hay buena comunicación, todo eso no sirve de nada. Y hoy, en pleno 2025, la brecha comunicacional entre jóvenes y adultos es abismal.
Los jóvenes –y no tan jóvenes– ya no contestan el teléfono. Todo se resuelve por WhatsApp, por mensajes de voz de 3 segundos o, peor aún, por emojis y “ya vi”. El tono de voz, la pausa, la explicación paciente, el “¿me entiendes?” o el “déjame te explico bien” han desaparecido. El resultado es una comunicación fría, cortada, que deja mucho espacio a la mala interpretación. Un mensaje mal escrito, una falta de acento, un “ok” seco pueden generar un conflicto que una llamada de 40 segundos hubiera resuelto sin problema.
Y esa frialdad digital se traslada directamente a la política y a la economía del país. Los nuevos funcionarios, muchos de ellos menores de 40 años, llegan con ideas frescas, pero, en numerosas ocasiones, sin el oficio político que solo da el roce cotidiano, la charla de café, el “vamos a platicarlo”. Del otro lado, los veteranos de la política y de los sindicatos se quejan de que “estos morrillos no saben pedir las cosas” o que “llegan con altanerías”. ¿Será realmente falta de experiencia o es, simple y llanamente, que no saben comunicarse con quienes piensan que una llamada telefónica sigue siendo la forma natural de resolver un asunto serio?
El problema no es la edad; es la forma. Cuando pides algo por mensaje de texto, sin el tono de voz, sin la cortesía de “bueno, don Fulano, ¿cómo ve usted esto?”, el mensaje llega como orden, como desdén o como imposición. Y cuando el receptor contesta igual de seco, se arma el conflicto. Así hemos visto desencuentros que escalan hasta paralizar obras, frenar inversiones o incendiar las redes sociales.
México necesita urgentemente encontrar el punto medio. Los jóvenes tendremos que volver, aunque sea de vez en cuando, al teléfono o a la reunión cara a cara. Los adultos tendremos que entender que un mensaje de voz no siempre es descortesía, sino simplemente otra forma de hablar. Y todos, absolutamente todos, tendremos que reaprender a pedir las cosas con respeto, a explicar con paciencia y a escuchar sin prejuicios.
Porque mientras sigamos comunicándonos como extraños que se mandan memes en vez de hablarse como mexicanos que queremos lo mismo –un país que funcione–, ningún plan, ninguna reforma ni ningún gobierno, por más brillante que parezca, va a servir de nada.
Hablemos, carajo. Aunque sea por teléfono.