¿Será que hay hombres buenos, y otros, que solo son malos?
Tal vez, ni todos son tan buenos; ni otros son tan malos. En esto, es imposible acertar.
Porque lo humano, es impredecible; y nadie puede asegurar, que una persona, siempre será buena.
Lo humano es misterioso, y es poco lo que se puede saber de un hombre.
Las frases tradicionales dicen: “Hay algunos que de malos se volvieron buenos, y otros que de buenos cayeron en lo malo”. Porque, respecto al hombre, nada está escrito.
Y, una vida sujeta al movimiento, siempre será impredecible.
Por eso, cuando a Jesús le llamaron bueno, Él respondió: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios”. (10, 18).
El Señor, es el que nos hace buenos, y nos justifica, a pesar de nuestras malas acciones.
Para alcanzar la gloria, hay que aceptar nuestra verdad, porque así, es como el Señor nos justifica, y nos regala el cielo.
Ya lo dice el Evangelio: “El publicano, en cambio, se quedó lejos y no se atrevía a levantar los ojos al cielo. Lo único que hacía era golpearse el pecho, diciendo: Dios mío, apiádate de mí, que soy un pecador. Pues bien, yo les aseguro que este bajo a su casa justificado y aquel no; porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”. (Lc.18).
Ante Dios, hay que inclinar la cabeza, y reconocer lo que somos; porque al Señor, no podemos engañarlo.
La humildad, es la verdad. Y Dios ama, y justifica al hombre humilde.
No tiene caso, ser como el fariseo, que pensaba equivocadamente, que podía ser bueno sin contar con Dios.
El Señor ha dicho: que, sin Él, nada podemos hacer.
Los actos bondadosos que hagamos, solo podemos hacerlos, contando con la ayuda de Dios.
Al reconocer nuestros errores, Dios va a justificarnos, y a cambio, nos da como regalo, vivir las alegrías del cielo.
Pbro. Lic. Salvador Glez. Vásquez.
Evangelio
Del santo Evangelio según san Lucas: 18, 9-14
En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola sobre algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás:
“Dos hombres subieron al templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ‘Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos y adúlteros; tampoco soy como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todas mis ganancias’.
El publicano, en cambio, se quedó lejos y no se atrevía a levantar los ojos al cielo. Lo único que hacía era golpearse el pecho, diciendo: ‘Dios mío, apiádate de mí, que soy un pecador’.
Pues bien, yo les aseguro que éste bajó a su casa justificado y aquél no; porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”.
Palabra del Señor.