locales

Por qué no vemos, lo que realmente importa

Es mucho lo que vemos, pero sin advertir lo importante.
Los demás, también son indispensables para la vida.
Ya que, siempre vamos a necesitar de alguien; de aquel, a quien hemos ignorado.
Bueno sería preguntarnos: ¿En dónde hemos puesto la mirada?
Porque, nos enfocamos tanto en nosotros mismos, que no volteamos a ver al que está  a nuestro lado; y que tal vez, nos está necesitando.
Es mucho lo que vemos, y poco lo que advertimos.
El hombre, con su mirar estrecho, no alcanza a percibir todo lo que le rodea.
Por eso, necesitamos de alguien, que nos preste sus ojos, y nos ayude a ver aquello que venimos ignorando.
El Evangelio de hoy,  habla sobre  la indiferencia de un hombre rico, que estaba tan ocupado, en darse a la buena vida, que no se percataba, de aquel ser, que lo estaba necesitando.
Hasta que muere aquel hombre, es entonces que se da cuenta de su error.
Y, le dice a Abraham: “Te ruego, entonces, padre Abraham, que mandes a Lázaro a mi casa, pues me quedan allá cinco hermanos, para que les advierta y no acaben también ellos en este lugar de tormentos”. (Lc.16).
Hay que alzar la mirada, para  ver más allá de nosotros mismos; sin quedar fijados en el suelo de este mundo pasajero.
Pidamos al Señor, que nos abra los ojos, para advertir que alguien está a nuestro lado; ya que, al hacer algo por el otro, algo estaremos haciendo por nosotros mismos.
Pbro. Lic. Salvador Glez. Vásquez.
 
 
 
Evangelio
Del santo Evangelio según san Lucas: 16, 19-31
En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: “Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y telas finas y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo, llamado Lázaro, yacía a la entrada de su casa, cubierto de llagas y ansiando llenarse con las sobras que caían de la mesa del rico. Y hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas.
 
Sucedió, pues, que murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. Murió también el rico y lo enterraron. Estaba éste en el lugar de castigo, en medio de tormentos, cuando levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro junto a él.
 
Entonces gritó: ‘Padre Abraham, ten piedad de mí. Manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas’. Pero Abraham le contestó: ‘Hijo, recuerda que en tu vida recibiste bienes y Lázaro, en cambio, males. Por eso él goza ahora de consuelo, mientras que tú sufres tormentos. Además, entre ustedes y nosotros se abre un abismo inmenso, que nadie puede cruzar, ni hacia allá ni hacia acá’.
 
El rico insistió: ‘Te ruego, entonces, padre Abraham, que mandes a Lázaro a mi casa, pues me quedan allá cinco hermanos, para que les advierta y no acaben también ellos en este lugar de tormentos’. Abraham le dijo: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen’. Pero el rico replicó: ‘No, padre Abraham. Si un muerto va a decírselo, entonces sí se arrepentirán’. Abraham repuso: ‘Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso, ni aunque resucite un muerto’”.
 
Palabra del Señor.
 
OTRAS NOTAS