San Luis Potosí, SLP.- En el marco del Día Mundial para la Prevención del Suicidio, la voz de la Iglesia católica en San Luis Potosí puso sobre la mesa un tema que, más allá de la fe, refleja una problemática social que no se detiene.
El vocero de la Arquidiócesis potosina, Tomás Cruz Perales, reconoció que cada semana los sacerdotes de la capital escuchan entre uno y dos casos de jóvenes que llegan con pensamientos de suicidio o con crisis emocionales profundas. La mayoría, dijo, enfrenta falta de oportunidades educativas, rupturas afectivas o un sentimiento de vacío existencial. “En la mayoría de los casos se logra evitar la tragedia”, aseguró, al explicar que los sacerdotes ofrecen acompañamiento espiritual y, cuando es posible, los canalizan con sus familias o instituciones de apoyo.
Pero mientras la Iglesia actúa como un primer refugio emocional, los datos oficiales retratan un panorama preocupante. Cifras del INEGI, San Luis Potosí cerró el primer semestre de 2024 dentro de los seis estados con mayor tasa de muertes por suicidio en el país, 9.1 por cada 100 mil habitantes, por encima del promedio nacional de 6.9.
La responsable estatal del Programa de Salud Mental y Adicciones, Patricia Núñez Hernández, detalló que tan solo en lo que va de 2025 ya se han registrado 145 muertes por lesiones autoinfligidas. El año pasado fueron 258 en total, lo que muestra que la tendencia se mantiene en niveles alarmantes. Las edades más afectadas son adolescentes y adultos jóvenes de entre 20 y 39 años.
Núñez subrayó que el consumo de alcohol y drogas sigue siendo un detonante que incrementa el riesgo, pero detrás de cada estadística hay un factor silencioso, el aislamiento emocional y la ausencia de redes de apoyo efectivas.
Al final, tanto la Iglesia como las instituciones de salud coinciden en un punto, hablar del suicidio ya no puede seguir siendo un tabú. Lo inquietante es que, aunque los sacerdotes logren evitar que un joven se quite la vida en el corto plazo, las cifras muestran que la raíz del problema permanece sin atender.
La pregunta incómoda es inevitable, ¿está haciendo lo suficiente el Estado, la sociedad y la familia para ofrecer a los jóvenes algo más que contención momentánea? Porque mientras las estadísticas suben, las respuestas estructurales parecen llegar tarde.