Carlos y Eva dijeron adiós. Y en ese momento una terrible enfermedad, casi fatal, invadió a quienes se quedaron. Dicha infamia vino en forma de promesa; una que el corazón hace, sin saber que la hizo: esa de extrañar.
El aire desde entonces conjuraba la densidad de un inquebrantable dolor. Irrompible también, e inevitable, era ese sentimiento de extrañarlos; esa dolencia que llega cuando una persona dice adiós a otra, y además ambas tienen el deseo contrario de quedarse. Los síntomas a los "echadores de menos" les llegaron en forma de agilizada nostalgia y de rabia a ritmo de silencios. Y el diagnóstico les indicó que la primavera sería menos primavera, y el invierno más invierno. Hoy, querido lector, le quiero compartir lo que les pasó a los que se quedaron extrañando a Carlos y a Eva.
Ayer, "estos" que añoran, le rogaron a la vida soñar con Carlos y con Eva. Revivieron los momentos con ellos gracias al olor a mole, a enchiladas y a kibbe. Se inventaron las maneras más insólitas para mantenerlos cerca. Dejaron de ser ateos. Abarataron sus emociones con el lenguaje, conviviendo con ellas todos los días. Y dos de los que se quedaron no volvieron a ver más que una película: la de la última despedida, del beso, del guiño, en un bucle infinito.
Hoy, quienes se quedaron se enojan y vuelven a ser niños exigiéndole respuestas al mundo. Se salen de quicio, reniegan, y tunden hasta lo más simple: La cama al despertar, el agua goteando en el grifo, el clima seco. Destrozan a quienes extrañan y a las memorias vividas con ellos con tal de apaciguar las dolencias y no pagar tan alto el precio de amar. Reclaman a los abetos su movimiento agradecido ante el viento. Se alejan de los "buenos días" y de las parejas bailando. Se tragan las lágrimas en privado y las dejan salir a chorros en público. Cantan en la regadera mientras irrumpe el llanto para mezclarse con el agua. Se desesperan con ellos mismos.
Luego esos que extrañan acudirán a la ternura. El frío saciará la sed y el verano llegará a los huesos. Extrañarán la memoria gentil. Serán agradecidos. Y su ingenio obtendrá tal trascendencia que se les ocurrirán las palabras más hermosas para decirles a Carlos y a Eva. Jugarán al póker en día de muertos. Querrán que el colibrí les visite diario; y el día que no llegue, se pondrán paranoicos. En las calles andando, la imaginación los pondrá caminando con ellos. Harán plegarias para que Carlos y Eva se encuentren bien. ¡Y suplicarán que el fantasma los espante en la noche! Querrán decirles que acaban de escuchar una canción que les fascinaría. Y un día se preguntarán si Carlos y Eva sufrieron también esa enfermedad de extrañar. Si es que a ellos las lágrimas también se les cayeron despacito por la mejilla, sin prisa, como deseando no llegar a tocar el mentón. Hoy los que se quedaron dudarán si extrañar es padecimiento o acto valiente. Cuando se extraña a alguien, uno llora mientras sueña; o sueña mientras llora.
No se le olvide, querido lector, que no es el único que extraña. La enfermedad nos ha llegado a todos en algún momento. Y hay quienes se curan, y hay quienes vuelven a enfermar. Pero todos extrañamos a alguien.
Así es que abrace la presencia a su lado en la cama al despertar, en el bar por la noche, en la oficina al llegar. Nunca se sabe quién será la siguiente persona a la que extrañará. La vida no da previo aviso. Hay tanto buenas maneras de querer como buenas maneras de echar de menos. Y hablando de añorar, si llega usted a ver a Carlos y a Eva, le pido un favor: salúdemelos mucho.
Dígame, querido lector: ¿A quién extraña?
Le dejo una recomendación musical para su fin de semana: "Canción de Primavera", escrita por Pablo Milanés y Joaquín Sabina.