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HOMILÍA: Es posible vivir en paz, a pesar de la tormenta

Cuando se alzan las tormentas, sentimos que nos hundimos.

Y en medio de  la confusión del huracán, hemos llegado a pensar, que no le importamos a Dios.

Pero, al Señor no le impresiona el golpe de la holas. Porque Él, es quien  puso límites a la naturaleza.

Y,  nada escapa al poder Divino.

Ya lo dice el libro de Job: “Yo le puse límites al mar, cuando salía impetuoso del seno materno…y le dije: Hasta aquí llegarás, no más allá. Aquí se romperá la arrogancia de tus olas”. (Job.38).

No hay que dejarse arrastrar por la tormenta; ni permitamos que ésta nos arrebate el sueño. Porque todo, está bajo el poder  Divino.

Lo que nos pasa, y atormenta, tiene sus limites; y nada en está vida, podrá sobrepasarlos.

Es por eso, que el  Señor duerme, a pesar de la tormenta; porque Él sabe, que ésta, llegará a su fin.

Si confiamos en Dios,  Él  no permitirá que nos arrastre la tormenta.

El Señor nos sorprende, con el poder que tiene sobre las inclemencias de la naturaleza.

Y, mientras que el hombre se atormenta pensando en el abandono de Dios, el Señor comienza a enderezar la barca.

Dice el Evangelio:  “El se despertó, reprendió al viento y dijo al mar: ¡Cállate, enmudece!. Entonces el viento cesó y sobrevino una gran calma”. (Mc.4).

Basta con escuchar la voz del Señor , para calmar las tormentas.

Con Dios, es posible vencer al huracán.

Pero, es necesaria la fe, para recuperar la calma.

Ya lo dijo el Señor: “¿ Por qué tenían tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?”. (Mc.4).

Pbro. Lic. Salvador Glez. Vásquez.

 

Evangelio del día
Lectura del santo Evangelio según San Marcos 4, 35-41
 
 
Aquel día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos:
 
«Vamos a la otra orilla».
 
Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba en la popa, dormido sobre su cabezal.
 
Lo despertaron, diciéndole:
«Maestro, ¿no te importa que perezcamos?».
 
Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar:
«¡Silencio, enmudece!».
 
El viento cesó y vino una gran calma.
 
Él les dijo:
«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?».
 
Se llenaron de miedo y se decían unos a otros:
«¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar le obedecen!».
 
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