La noticia antes que nadie
Crucificad al Museo

Monosatírico

Alex Valencia | 21/04/2017 | 03:12

La semana pasada, el viernes santo, para ser precisos, comenzaron a correr en redes sociales fotografías en las cuales se podían apreciar personas en los balcones del Museo Nacional de la Máscara previo al inicio de la Procesión del Silencio; alguna de ellas portando un recipiente del cual bebe. La condena de los usuarios electrónicos fue fulminante, con seguridad se trataba de una borrachera en un espacio público, indudablemente para mirreyes e influyentes. Días más tarde medios de comunicación retomaron las fotografías y sus comentarios.

La andanada de observaciones tendía a acusar la corrupción de “gobierno” y cómo los funcionarios de museos y espacios culturales se enriquecen rentándolos para fines adversos a la cultura, las artes y las buenas costumbres. En algunos, mínimos casos (no les voy a decir cuales, investiguen), se han dado situaciones en ese sentido, pero la verdad es que hay un enorme desconocimiento en torno al funcionamiento, presupuesto y operatividad de los diferentes espacios de la Secretaría de Cultura, ya no se diga de las actividades realizadas en los mismos. Lo que cuenta es el escándalo.

El Museo de la Máscara tiene años realizando un conjunto intenso de actividades durante Semana santa cuyo punto más alto es el viernes, cuando se ofrecen recorridos guiados por las exposiciones vigentes, alguna actividad ya sea musical, escénica o de otra índole, una degustación de productos de la temporada –incluye vino tinto de manera limitada- y la oportunidad de ver la Procesión del silencio desde uno de los balcones del edificio. Actualmente se exhiben las muestras Iconografía religiosa; Máscaras de carnaval; Mi Cristo roto; Cinco años detrás de la Procesión del silencio y Máscaras de Semana Santa, aparte de la colección permanente y todo ello estuvo incluido en el paquete experimentado por quienes obtuvieron entrada para el mismo.

Por otra parte, esta y todas las actividades del Museo están reguladas en la Ley de Ingresos de Gobierno del Estado (no desglosadas, obviamente, no dice “el viernes santo vamos a dar un paquete consistente en vino de tal marca, agua de tales sabores y estos cinco platillos”) y respaldadas en primera instancia por el Decreto de Creación del Museo, el cual en su Artículo 4°, referente a la integración del patrimonio, en sus incisos V y VI señala que el mismo se verá conformado también por los ingresos propios obtenidos por las actividades o derivado de la explotación de sus fines y en general por los bienes derechos y obligaciones que “entrañen utilidad económica o sean susceptibles de estimación pecunaria y se obtengan por cualquier título legal”. Tales actividades son reguladas por la Junta de Gobierno, máxima autoridad administrativa ante la cual se deben presentar los planes de acción en cada sesión a reserva de ser aprobados y por tanto ejecutados, por lo cual los representantes de Contraloría, Finanzas, Turismo y Cultura estuvieron enterados y aprobaron la realización de las actividades de la Semana mayor. Para buscarle los tres pies al gato se debería indagar en las actas de Junta de Gobierno.

El de la máscara, como otros espacios descentralizados, recibe un presupuesto anual limitado del cual una mínima parte es destinada a programación, razón por la cual debe optar por la renta de espacios y realización de eventos como el de Semana Santa para generar actividades culturales –En este caso en particular casi todas las realizadas son de carácter gratuito-. Retomo partes de un texto publicado anteriormente en otro sitio web a fin de facilitar una visión más clara de las condiciones de estos espacios:

“A lo largo de los años, tanto dentro como fuera de la administración pública, he podido observar y compartir las carencias de los museos potosinos, siempre castigados en el área presupuestal pese a lo escrito en las publicaciones de las partidas de egresos. Recuerdo las inundaciones incontrolables del Museo de las Culturas Populares; el cuarto que se derrumbó en el Museo de la Cultura Potosina-ambos desaparecidos hoy-; la cooperación que frecuentemente hacen los trabajadores del Museo Othoniano para comprar materiales básicos de limpieza, los años que pasaron solicitando les repusieran un vidrio roto; la imposibilidad económica por la cual el Museo Mariano Jiménez pasó a convertirse en Centro Cultural y así seguirme poniendo ejemplos hasta los límites de lo increíble.

Cada vez presentar el presupuesto de egresos se vuelve en una situación más complicada para los museos porque es lo mismo escribirle una carta a Santa Claus: bajar los recursos ‘aprobados’ es un calvario y la subsistencia se ha vuelto más compleja desde hace algunos, cuando años la Secretaría de Finanzas determinó que todos los ingresos propios de las dependencias deben ser depositados con ellos y luego solicitarlos para su uso, la más burda de las tácticas de jineteo de recursos conocida. Una de las opciones para hacerse de haciendas es pues, la renta de espacios. Y no es algo privativo  de nuestra entidad, se realiza en todo el mundo, incluso en los Museos más prestigiados y no he leído, visto ni escuchado quejas al respecto. Aquí se espantan con el petate del muerto.”

Hay una explicación posible para el surgimiento del escándalo; finalmente los recintos culturales forman parte de la estructura de Gobierno del Estado y por tanto en cada ocasión posible para pegarle a la mal afamada administración estatal se hará sin reflexión o conocimiento de las particularidades. A estas alturas ya no me provoca sorpresa alguna por los medios de comunicación, quienes sólo voltean al sector cultura cuando hay escándalo implícito, a menos que se traigan a artistas de renombre y haya oportunidad de colarse a sus presentaciones. Si me sorprende la pereza del público. No se aquilata la oferta, pero se descalifica con toda facilidad detrás de un dispositivo electrónico y siguiendo a la manada. Qué mal habla eso de nosotros como pueblo.

Y hay otra circunstancia, agravante máximo. La absurda incapacidad de la Secretaría de Cultura y el propio museo para hacer públicas sus políticas y difusión de eventos. La crisis comunicacional del equipo comandado por Armando Herrera Silva ya raya no en lo ridículo, sino en lo sospechoso, de ahí se justifican las dudas surgidas al respecto, ellos las generan, que ellos las asuman. Pero vayamos a los museos, ayudemos a que subsistan antes de que, como desea el Secretario de Finanzas, José Luis Ugalde, desaparezcan porque “no generan ganancias”.

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