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La isla japonesa de Miyajima, mucho más que una puerta

Agencia | 09/02/2018 | 13:07
Dicen en Japón que es uno de los tres paisajes más hermosos del país. No podría afirmarlo (no lo he recorrido al completo), pero sin duda es una de las imágenes icónicas del país: la gran puerta del santuario de Itsukushima, la torii que con marea alta parece flotar sobre las aguas del mar, es uno de esos lugares por los que merece la pena hacer una escapada. Pero la isla de Miyajima es mucho más que una puerta y el viajero hará bien en quedarse aquí al menos una noche para poder saborear bien el lugar.
 
Una torii es la puerta de entrada a la espiritualidad en el sintoísmo, la separación entre lo mundano, que queda fuera, y lo sagrado, que nos aguarda en el interior de los templos. Las hay bulliciosas, como la puerta Hozo-mon, del templo tokiota de Senso-ji; grandiosas, como la Gran Puerta del Sur Sandaimon, del Todai-ji, en Nara... Y la torii de Miyajima, en un paisaje evocador, sobre las aguas del mar, con marea alta, o sobre el fondo marino, con la marea baja.
 
La isla de Miyajima está en el oeste de Japón, a unos 50 kilómetros de Hiroshima. A diez minutos de ferri desde tierra firme, incluso el trayecto de ida está ya pensado para comenzar a admirar la gran torii: el capitán del barco hace su recorrido pasando por delante de la puerta sagrada. Es la oportunidad de verla desde el mar, enmarcada en el fondo del templo de Itsukushima. El mejor momento para verla desde esta perspectiva es el atardecer, cuando el sol de poniente ilumina todo el recinto sagrado.
 
Miyajima es pequeña, poco más de dos mil habitantes, concentrados en el pequeño pueblo al que llega el ferri. La isla, un territorio sagrado en el que durante siglos no podían poner el pie los plebeyos, fue declarada Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1996. Todas las construcciones se concentran alrededor del templo de Itsukushima, un santuario sintoísta que se supone originario del siglo VI. Su aspecto actual es algo más "reciente", de 1168. 
 
La peculiaridad y belleza de este sencillo templo es que está construido sobre el mar gracias a los pilotes que sostienen sus edificios y pasarelas. Su color bermellón, un rojo anaranjado intenso, igual que el de la torii, brilla especialmente en la caída de sol. Si coincide con la marea alta, los reflejos de la luz en el agua le dan un aspecto mágico.
 
En la bajamar, el escenario cambia por completo. La marea baja hasta más allá de la torii, permitiendo caminar por el lecho marino de arena húmeda de esta pequeña bahía hasta la enorme puerta. Es entonces cuando mejor se perciben su 16 metros de altura, los 24 metros de longitud de su parte superior o los casi diez metros de diámetro de sus pilares principales.
 
Unos pilares, por cierto, que no están anclados al suelo, sino que reposan sobre un lecho de rocas. La gran puerta se mantiene en pie por su descomunal peso. La que vemos ahora es la octava reconstrucción de la puerta, de 1875. La primera era del siglo XII.
 
Pero decíamos que Miyajima es más que la torii. No solo por los edificios auxiliares del templo de Itsukushima, como la Pagoda Goju-no-to, con sus cinco pisos y sus 27 metros de altura. También por otro templo que me gustó especialmente, el Daisho-in, un recinto con varias construcciones que suben por la ladera del monte Misen. Es uno de los más sagrados para la escuela shingon del budismo, la más importante de Japón. Las ruedas de plegarias con los sutras sagrados preceden a la puerta Onarimon por la que entramos al recinto.
 
Además de las salas de oración, en Daisho-in un edificio acoge mil figuras de Amida Nyorai, el Buda de la Luz Infinita, y en una cueva tenuemente iluminada puede caminarse ante varias docenas de imágenes de Buda que representan a otros templos de una importante ruta de peregrinación. Hay algún estanque, caminos, salones, estatuas..., y escasos visitantes, lo que permite disfrutar de un agradable paseo en un entorno natural.
 
Porque la isla de Miyajima es, además, una importante reserva natural en la que durante siglos ha estado prohibida la tala de árboles y, consecuencia de ello, son los tupidos bosques de arces del monte Misen, al que se puede subir caminando o, mucho más recomendable, en un teleférico que, en dos trayectos, te deja prácticamente en la cumbre.
 
Con 530 metros de altura, la vista desde la última estación del teleférico es espectacular: una atalaya perfecta en medio del Mar Interior Seto. No es realmente un mar interior, sino un valle cubierto por el mar, un estrecho que separa la principal isla de Japón, Honshu, de las islas de Shikoku y Kyushu. Este mar acoge en torno a tres mil islas. Unas pocas alcanzan a verse desde aquí arriba.
 
En Miyajima, como ocurre en Nara, los ciervos deambulan libremente por las calles, esperando la comida que le den los turistas. Es un lugar tranquilo, sobre todo después del atardecer, cuando se van la mayor parte de los grupos de turistas. Los restaurantes cierran pronto por la noche: no puedes despistarte para comer, por ejemplo, uno de sus platos de anguila. Y tiene apenas un par de calles, por las que caminar sin prisa alguna. Es un lugar tranquilo, a diferencia de los lugares más turísticos del país. El sitio perfecto para tomar resuello y sentirte un poco más cerca de los dioses antes de continuar camino por Japón.
 
DATOS PRÁCTICOS PARA EL VIAJE: La isla de Miyajima está a unos 50 kilómetros desde Hiroshima. En unos 25 minutos un tren te lleva desde Hiroshima a Miyajimaguchi. A cinco minutos caminando desde la estación está la terminal de ferris desde la que salen los barcos a Miyajima, en un trayecto de unos diez minutos. Si dispones del Japan Rail Pass, el precio del ferri está incluído. Hay también barcos rápidos que van directos desde Hiroshima en un recorrido de unos 50 minutos, pero estos no se incluyen en el JR Pass.
 
En Miyajima no hay demasiados hoteles, por lo que conviene mirarlo con antelación en temporada alta. Algunos son de tipo "ryokan", aunque en edificios modernos. Una noche es suficiente para disfrutar de lo básico de la isla.

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