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Nadie mató a Benazir Bhutto

Al día de hoy aún se desconoce quién ordenó el magnicidio

Agencia | 28/12/2017 | 17:14

Hace diez años, Pakistán se estremecía por el asesinato de Benazir Bhutto. El atentado en campaña contra la que fuera dos veces primera ministra desencadenó una doble oleada de indignación y rabia, por el crimen en sí y por la certeza de que, a juzgar por la historia del país, nadie pagaría por él.

Al día de hoy aún se desconoce quién ordenó el magnicidio, aunque pudo haber sido ejecutado por elementos de los talibanes pakistaníes –cuyos dirigentes lo negaron en su día, antes de ser asesinados con drones. Tampoco se sabe quién era el aseado pistolero que encañonó a la política, aunque un segundo terrorista –suicida– habría sido identificado como un chico de quince años llamado Bilal. Ayer como hoy, hay quien ve la mano de los militares y la comisión de la ONU que investigó el caso concluyó que probablemente jamás se desenredaría la maraña, por falta de voluntad política.

La patata caliente ha sido objeto de cientos de vistas, a cargo

de cinco jueces distintos, que no han servido para nada, aunque por el camino han sido asesinados un fiscal, el que fuera jefe de seguridad de Benazir Bhutto y también el asesino de este último.

En cualquier caso, la muerte de Benazir Bhutto actuó como catalizador para el retorno de la democracia en Pakistán, colocando a su viudo, Asif Ali Zardari, en la jefatura del Estado. En menos de seis meses, el general Musharraf había abandonado el poder –y luego el país– retornándolo a los civiles, a los cuales había puesto en fuga nueve años antes.

El PPP se mantuvo durante una legislatura, antes de ceder el poder a Nawaz Sharif. El vacío dejado por Benazir Bhutto está resultando imposible de llenar y, de hecho, la democracia pakistaní vuelve a atravesar un bache. Sharif fue descabalgado en verano e inhabilitado por los papeles de Panamá. Su hermano Shahbaz será el candidato de su partido a las elecciones del 2018, a las que se vuelve a llegar con un gobierno interino. Maldición pakistaní.

Hace pocas semanas, una movilización fundamentalista, bien vista por los militares, conseguía paralizar Islamabad durante semanas y echar al ministro de Justicia, tibio con la blasfemia.

Musharraf es ahora un prófugo de lujo, entre Londres y Emiratos, y si Zardari le llama asesino, el general le replica que el asesino es él y que no hizo mucho, como presidente, para investigar el asesinato de su esposa.

El caso es que, tal día como ayer, hace diez años, en Rawalpindi, Benazir Bhutto se encaminaba hacia el que sería su último mitin. La vieja ciudad panyabi –vecina de la aireada Islamabad– ejerce de cuartel general del ejército y de matadero de primeros ministros. Tras Liaqat Ali Khan, su propio padre, Zulfiqar Ali Bhutto, fue ahorcado por los militares a pocos cientos de metros.

Tras ocho años de exilio, la que había sido la primera jefa de gobierno de un país musulmán escogida democráticamente, regresaba a un Pakistán que cada día se hundía un poco más en la violencia. Y como en una tragedia clásica, no había espectador que no temiera un desenlace terrible. El mismo día de su aterrizaje, en el desfile de Bhutto desde el aeropuerto hasta Karachi, una bomba mató a 180 jóvenes que velaban por su seguridad.

El rumor de otro atentado era tan fuerte en Rawalpindi que los jardines de Liaqat –un descampado– sólo estaban ocupados en un tercio. Las mangueras policiales se afanaron a destruir pruebas.

El magnicidio aceleró el descenso de Pakistán a los abismos, hasta el clímax del 2009, con las escuelas rodeadas de alambradas y casi 12.000 muertos por terrorismo. Luego, año tras año, la cifra ha ido disminuyendo, hasta los 1.253 de este año, la cifra más baja desde el 2005. Un respiro.

 

 

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