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El sentimiento del arrepentimiento

Pensar en lo que podríamos haber hecho y no hicimos, creer que las cosas podrían haber transcurrido de otra manera es algo que nos tortura y que favorece a que en nuestra mente surjan los pensamientos rumiantes.

Agencias | 05/10/2017 | 12:23

“Si lo hubiera sabido no me habría casado con él”, “si lo hubiera sabido no me habría esforzado tanto”…

Muchas son las oportunidades para arrepentirse de una situación experimentada. No obstante, esto provoca un sufrimiento inútil.

Pensar en lo que podríamos haber hecho y no hicimos, creer que las cosas podrían haber transcurrido de otra manera es algo que nos tortura y que favorece a que en nuestra mente surjan los pensamientos rumiantes.

Todo ello trae consigo un sentimiento de culpa enorme que se traduce en multitud de problemas que nos impiden ser felices y vivir con plenitud.

Por eso, es imprescindible aprender a dejar de arrepentirse por lo que ya ha ocurrido en el pasado.

Arrepentirse de lo ya ocurrido es inútil
Arrepentirse y lamentarse de algo que ahora forma parte del pasado es algo que nos resta tanto salud como tiempo. Pues no podremos cambiar nada.

Sin embargo, parece que mantenemos cierta esperanza.

Cuando estamos tan centrados en el pasado nos olvidamos del presente. Empezamos a dormir mal, estamos más apáticos y ya no disfrutamos de nada.

Dentro de nosotros hay un sentimiento de culpa que vamos alimentando más y más, que se va haciendo más grande y que nos va destrozando por dentro.

Sin embargo, tanto si tenemos verdadera culpa en lo ocurrido como si no, darle tanta importancia en el momento presente no tiene sentido.

Lo único que podemos hacer es centrarnos en el ahora, aprender de lo vivido y caminar hacia el futuro. Arrepentirse tiene el efecto contrario. Nos hace desear dar pasos hacia atrás todo el tiempo.

¿Soy culpable? ¿No lo soy?
Puede que el hecho de arrepentirse por algún hecho ya ocurrido sea fruto de algo que no hemos hecho del todo bien. Es decir, hemos cometido un error.

Imaginemos que hemos tenido un día horrible y lo hemos pagado con un ser querido. Es posible que, transcurridas unas horas, nos arrepintamos y empecemos a pensar “si no hubiese dicho aquello…”.

Arrepentirse puede permitirnos darnos cuenta de nuestro error, pero no sirve de nada que nos quedemos ahí autocompadeciéndonos y sintiéndonos mal.

La solución correcta a todo esto sería pedirle perdón a ese ser querido, decirle que nos había influido lo vivido a lo largo del día y transmitirle nuestras más sinceras disculpas por el error cometido.

En otros casos puede ser muy diferente y que no tengamos la culpa de nada. Por ejemplo, imaginemos que nuestra pareja nos es infiel.

Un día lo descubrimos, la relación se rompe y el arrepentimiento se hace presente “si hubiese sabido que era infiel”, “si lo hubiese descubierto antes no habría perdido mi tiempo”.

Todo esto es normal. No obstante, mirar tanto hacia el pasado no augura nada bueno. La situación ha salido a la luz cuando lo ha hecho.

Lo ideal sería pensar que gracias a esto la relación no se ha extendido más en el tiempo y darnos cuenta de todo lo que hemos podido aprender de esa situación.

Arrepentirse en exceso nos lleva a sufrir
Arrepentirse en exceso puede darse debido a una falta de autoestima o al deseo de intentar agradar siempre a los demás. Esto, sin duda, es dañino.

Tenemos que ser conscientes de que tanto de una situación de la que podemos ser culpables como de la que no podemos aprender. Algo que es sumamente positivo.

El arrepentimiento desaparece en el momento en que hacemos algo al respecto en el presente como pedir perdón, tomar una decisión o aceptar una situación.

Sin embargo, se mantiene si no hacemos nada, nos mantenemos estáticos e incluso nos culpabilizamos por aquello de lo que, en realidad, no somos responsables.

Tenemos que abrir bien los ojos para así darnos cuenta de que nos estamos arrepintiendo en vano. Pues esto tan solo nos llevará al sufrimiento.

Una manera de detectar este sufrimiento es ser conscientes de nuestros pensamientos rumiantes. Esos que se instalan en nuestra mente para torturarnos y que siguen un ciclo que parece nunca tener fin.

Darnos cuenta de ellos y analizarlos con perspectiva puede ayudarnos a liberarlos.

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