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La tormenta perfecta

En contexto

Daniel E. Lárraga G. | 30/05/2017 | 01:28
A casi 5 meses de haber tomado protesta Donald Trump como Presidente de Estados Unidos, lo que parecía para algunos algo imposible, ahora es una realidad, ya que hace algunos meses nade esperaba que lo que antes eran solo aspiraciones, se haya vuelto materializado.
 
En México, pasa algo similar con Andrés Manuel López Obrador, dueño de MORENA, ha sido posicionado casi sistemáticamente en el primer puesto de las encuestas de intención de voto en 2018. Obrador, ante la creciente popularidad de Margarita Zavala, se ha mostrado interesado en buscar aliados en las otras franquicias de izquierda como el PT, MC, e incluso le lanzó un busca pies al PRD, quien a pesar de vivir de milagro, todavía puede aportar algunos votos.
 
Hoy, las encuestas y la lógica nos indican que hay fuertes posibilidades de que ambos personajes coincidan dirigiendo sus respectivos países y de ahí, sean ellos quienes lideren las relaciones entre ambas naciones.
 
A los dos los une un discurso de odio, que apela a la segregación, los dos han orientado sus esfuerzos de comunicación en la división la ciudadanía entre los buenos y los malos, y por supuesto, en posicionarse a ellos mismos como los abanderados de las buenas causas.
 
Ambos aderezan su discurso con tintes nacionalistas y proteccionistas, ambos han mencionado el nombre del país vecino para señalar una fuente de los males que flagelan la vida de los nobles ciudadanos de su patria. Ambos han jugado sus cartas en el partido de oposición, y tanto Trump como Obrador han nombrado a la Mafia del Poder o al establishment, como el principal promotor de la desgracia colectiva de sus naciones.
 
Finalmente, ambos tienen en común que han logrado su popularidad e intención de voto capitalizando el malestar social a través de discursos populistas. AMLO con una tendencia más parecida a los populismos sudamericanos que durante la década pasada gobernaron prácticamente todo el marco sur y que hoy parecen estar en la lona. Trump por su parte, más orientado a los populismos europeos, que son más nacionalistas y que ven en la comunidad migrante el blanco de sus discursos de odio.
 
En México existe una gran campaña en contra de Peña pero es una realidad que también existe una campaña en contra de López Obrador. Algunos asumen que mediante el manejo de los medios masivos se podrá ir debilitando la imagen del tabasqueño pero la realidad es que la mejor estrategia para contener su candidatura sería un combate real a la corrupción sistematizada que ha ahogado el crecimiento económico y social del país.
 
Para que el discurso de AMLO pierda eficacia es necesario que se construyan y consoliden instituciones que aseguren transparencia, rendición de cuentas, que no toleren la impunidad ni la corrupción en ningún nivel de gobierno. La mejor herramienta para debilitar el populismo es incrementando el alcance del gasto público y con él, la calidad de vida en todos los hogares.
 
En caso de encontrarse, ambos tienen el problema del estancamiento económico en tiempos en donde el bono demográfico está inmerso en la fuerza laboral, si dicho fenómeno se capitalizara sería benéfico para ambas naciones pero para ello necesitan uno del otro, es fundamental que existan buenas relaciones que fomenten el comercio y la cooperación mutua.
 
Me parece que en el caso de México, su principal amenaza no es el discurso populista, por el contrario, eso es sin duda enriquecedor para cualquier democracia. Me parece que el riesgo real es el estancamiento económico, las pocas oportunidades de empleo formal, el paso de tortuga al que avanza la reforma educativa, los millones de jóvenes frustrados que no encuentran las oportunidades laborales que buscan, la discriminación, la pobreza extrema, que es tan ofensiva y dolorosa como la opulencia en la que viven algunos políticos, y principalmente, ésta visión derrotista del gobierno que apela a que la corrupción es un fenómeno “cultural”.
 
Para fines prácticos, ambos AMLO tienen fuertes posibilidades de llegar a la presidencia como ya lo hizo Trump y cada uno deberá sortear los retos propios del contexto en el que se desenvuelve su gobierno y además, ambos tendrán que lidiar con el ego del otro.
 
Es importante tomar en cuenta que a diferencia de los populismos de El Marco Sur o de Europa, los lideres de estos países no buscarían un trabajo en conjunto para hacer más prosperas ambas naciones. Es importante señalar eso porque a pesar de utilizar el mismo método propagandístico y la misma forma de generar militancia, en el fondo Donald Trump, al igual que la mayoría de los populistas europeos, es un populista de derecha, que busca detener y retroceder en las políticas progresistas que han llegado prácticamente a todo el mundo occidental. Por su parte Obrador, es un político de izquierdas, que defiende posturas progresistas y apoya a las minorías más radicales, que en los países primordialmente católicos escandalizan a la mayoría.
 
Dichas diferencias ideológicas, llevadas a políticas públicas en los países y a formas de diplomacia podrían afectar aún más la principal alianza económica-comercial que tiene México. El presidente estadounidense insiste en hacer que Estados Unidos salga del Tratado de Libre Comercio y de poner impuestos y aranceles a las empresas Norteamericanas que estén establecidas en territorio mexicano, como ya lo ha hecho, dejando de lado las repercusiones económicas que eso traería en ambas naciones, imaginémonos ante tal panorama y preguntémonos si verdaderamente, Andrés Manuel López Obrador tiene la capacidad de negociar.
 
Trump se ha mofado de los mexicanos, de todos ellos; de los que viven en Estados Unidos, de la clase trabajadora, incluso se ha reído de Enrique Peña Nieto, ¿qué nos haría pensar que respetaría a un personaje como López Obrador?. Ambos han llegado a donde están gracias a sus discursos de odio y segregación, esperemos que si ambos se encuentran, sus discursos de separación cambien por discursos de unidad y cooperación pues ni México ni Estados Unidos soportarían las implicaciones del rompimiento entre ambas naciones, ni las económicas ni mucho menos, las implicaciones sociales.

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